La lectura: input comprensible
para la enseñanza/aprendizaje de la expresión escrita.
Khemais Jouini.
Las investigaciones, que en los últimos años se han
venido haciendo sobre la expresión escrita[1] en la
enseñanza/aprendizaje en las clases del
español como lengua extranjera, ha puesto de manifiesto que escribir es -al
igual que el resto de las habilidades lingüísticas- una actividad comunicativa
que se lleva a cabo a través de unos procesos cognitivos complejos lo cual, a
su vez, hace que nos detengamos en su estudio para así poder actuar
convenientemente de cara a la acción didáctica. En efecto, producir textos escritos
no es solamente presentar una serie de frases vinculadas entre sí de manera
directa o indirecta. Escribir constituye un complejo proceso porque exige
determinar y dominar estrategias que van más allá de la simple apropiación del
código gráfico y del sistema lingüístico.
Es muy difícil pensar en la lectura y
en la escritura como procesos aislados. La lectura y escritura son dos
prácticas complementarias e íntimamente relacionadas e inseparables; decir una
es decir la otra. En la enseñanza de lenguas, sin embargo, se las separa
artificialmente con frecuencia: hay clases destinadas a la lectura y otras a la
escritura, sin relación entre ellas. En las teorías actuales, que conciben la expresión escrita como un proceso de operaciones que “se interrelacionan de
forma recursiva y se incluyen unas dentro de otras de forma compleja y además
se desarrollan de formas muy diferentes, dependiendo de diversos factores,
algunos individuales y otros relacionados con el tipo de discurso o con el
género textual que se escribe”[2], la
redacción y la lectura del texto se alternan de manera continua. En este sentido,
se ha llamado a la lectura y escritura como las dos caras de un proceso.
En este
artículo no vamos a interesarnos por la lectura en tanto que una de las
destrezas fundamentales en el dominio de una lengua extranjera, sino por
demostrar la importancia que adquiere en la adquisición del código escrito y en
la mejora del rendimiento en la expresión escrita.
Los
estudios sobre la adquisición de segundas lenguas han demostrado claramente que
los aprendices amplían su lenguaje a base de atender a la vez a la forma, el
significado y la función, y todo ello conduce a pensar que el acceso a la
lengua escrita debe basarse en un proceso análogo. Siguiendo a Cassany podemos afirmar que “la lectura se muestra como la
única forma viable de aprendizaje porque pone en contacto al aprendiz con los
textos que contienen todos los conocimientos que necesita”[3]. Así,
en nuestro caso, la lectura se convierte en una estrategia de aprendizaje de la
expresión escrita. Cuando se trata de aprender a escribir, el texto escrito
presenta la ventaja, frente a otras informaciones teóricas con las que puede
combinarse, de facilitar la adquisición de conocimientos, retenerlos y poder
utilizarlos. Gómez Casañ y Martín Viaño
observan que “la utilización de un modelo puede ser más versátil que la simple
presentación de contenidos lingüísticos”[4]. En
efecto, los alumnos en contacto con el lenguaje escrito aprenden muchos
elementos fundamentales acerca de la expresión escrita. La lectura de textos
reales puede ser punto de referencia para profundizar en las características
discursivo-lingüísticas del tipo de discurso que se tiene que escribir. Por
eso, las secuencias didácticas para enseñar y aprender a escribir deben
articular actividades de lectura y escritura interrelacionadas.
Muchos
profesores enfocan la clase de expresión sin ninguna preparación previa de los
alumnos y los lanzan directamente a los ejercicios de redacción, sin pasos
intermedios. En escritura, les piden, por ejemplo, que redacten un cuento o
algún otro tipo de texto, sin ofrecerles la ayuda sobre las características
textuales de estructura y del lenguaje y, sobre todo, sin alguna finalidad real
de comunicación. Por eso, es necesario proporcionarles un “input
comprensible”[5]
o entrada de información necesaria para afrontar el aprendizaje de esta
habilidad lingüística. Camps y Ribas señalan que “en
el curso de la realización del texto se distinguen dos tipos de actividades:
a) las de producción del texto, y b) las orientadas a
aprender las características formales del texto que hay que escribir y de sus
condiciones de uso”[6].
En efecto, antes de enfrentar a los alumnos con los ejercicios de expresión
escrita, el profesor debe programar una serie de actividades de observación,
atención, análisis y memoria que se centran en la forma y estructura de las
distintas formas de expresión escrita que va a trabajar con ellos en clase.
Para facilitar este “input comprensible”, el
profesor debe recurrir a un enfoque textual centrado en la lectura de textos
similares a los que van a redactar los alumnos posteriormente.
Isabel Solé define el acto de leer como “un proceso de interacción
entre el lector y el texto (...) mediante el cual el primero intenta satisfacer
los objetivos que guían su lectura”[7]. En
el proceso interactivo que cita la autora, hay un movimiento ascendente llamado
bottom up, de la base al tope, en el
que hay una transferencia de información del texto al lector. Éste se considera
como un puro receptor de información; lo que hace es transferir a su cerebro la
información que el texto le ofrece, tal y como aparece en el escrito. Los datos
que obtiene el aprendiz de los textos son almacenados, en la Memoria a Largo
Plazo a la que acude en los procesos que guían su producción escrita. Se ha
constatado que el aprendiz memoriza mejor lo que descubre por sí mismo que lo
que los manuales y teorías explican. Para ello, se necesitarán modelos
textuales con los que se afronta la enseñanza de las propiedades del texto
escrito y las distintas formas de expresión escrita, pasando por alto, si es
necesario el contenido del texto, y concentrándose exclusivamente en su
estructura organizativa. Paulina Ribera señala que el aprendiz “ha de acceder
al lenguaje escrito como conjunto de los distintos géneros textuales, es decir,
como conjunto de las diferentes formas de expresión que podemos encontrar en
los textos escritos”[8]. Los
alumnos han de ser conscientes de la existencia de textos escritos en contextos
diversos y funciones diferentes, y también de que, consecuentemente, éstos
adquieren formas diferentes. De hecho, los modelos textuales son ejemplares
destacados que tipifican el esquema textual apropiado para cada forma de
expresión; y mediante la observación y el análisis, el aprendiz adquirirá las
peculiaridades que caracterizan a este modelo. Cassany
aconseja que “la mejor manera de escribir un texto para una situación
determinada es fijándonos en textos modelo que se hayan escrito en ocasiones
parecidas”[9].
Trabajar
la adquisición de las propiedades textuales y las distintas formas de expresión
escrita a partir de los modelos textuales, supone para el profesor un dominio
de los aportes teóricos, es decir, los fundamentos básicos y teorías para
elaborar el material para el enfoque deseado. Es necesario seleccionar los
textos según el nivel de los estudiantes; y el texto, si es adaptado o
inventado por el profesor, no debe romper con su secuencia lógica, ni con la
coherencia y cohesión entre los párrafos. Lo que sí
ha de intentar el docente es proporcionar textos próximos a algunas de las
siguientes pautas:
·
textos interesantes para
cada uno de los aprendices (sobre los que puedan formular hipótesis y dispongan
de conocimientos previos), que puedan leer de forma autónoma, sin más objetivo
explícito que enriquecer su conocimiento sobre un determinado aspecto.
·
textos no necesariamente
iguales para todo el grupo-clase: Por ejemplo, que aborden el
mismo tema con diferentes actitudes o recursos (una misma noticia en diferentes
diarios del día; o diario y un semanario con contenidos afines) con los que se puedan
aislar determinados procedimientos, captar información central y accesoria,
etc. O textos diferentes conjuntados por pertenecer a una misma tipología. O,
simplemente, textos diferentes.
·
textos útiles para
sus expectativas académicas, tanto por su contenido como por el tipo de
registro.
·
textos acerca de los cuales se
tenga la seguridad de que los aprendices podrán llevar a cabo expansiones,
modificaciones, resúmenes… en
especial los que hagan referencia a su propio contexto y que pudieran suscitar
cooperación e interacción con los restantes individuos del grupo de la clase:
pedir explicaciones, aclaraciones; dar lugar a comparaciones con otros
fenómenos o situaciones, etc.
·
textos con apoyos icónicos (apoyos que no han
de ser necesariamente evidentes sino que pueden fundarse en asociaciones
sugestivas, connotadoras, etc.).
En el proceso de enseñanza de la
expresión escrita, el profesor puede proceder su curso presentando a los
alumnos varios textos que pertenecen a las distintas formas que va a trabajar
con ellos. Así, se podrían observar semejanzas y características generales
comunes a distintos textos, nos referimos a las propiedades del texto escrito,
y posteriormente analizar en cada uno de ellos su superestructura y rasgos
constructivos propios, nos referimos a los distintos géneros discursivos. Se
debe trabajar el material de manera que en cada clase el alumno vea un aspecto
distinto, pero esto no quiere decir que no se necesita ampliar más los aspectos
aprendidos y asimilados anteriormente; además un mismo texto puede ser
aprovechado más de una vez para trabajar aspectos distintos. Las actividades
deben seguir un ritmo ascendente y en espiral, es decir, cada ejercicio abarca
al nuevo y todos los aspectos analizados anteriormente. Las actividades, que se
pueden proponer a los alumnos para favorecer la adquisición del código escrito,
son muy varias. En las líneas que siguen se
hace —a modo de propuesta— una relación de los tipos de actividades que se
pueden realizar para practicar la expresión escrita y que ayudan al alumno a
familiarizarse con los recursos lingüísticos que dan coherencia a un texto y a
desarrollar su competencia textual. El modo en que están enunciadas ayudará al
profesor a elaborar su propia actividad, teniendo en cuenta las características
y necesidades concretas de sus alumnos:
·
Actividades orientadas a desarrollar
determinados aspectos de tipo cognitivo
necesarios para que el alumno refuerce su competencia lingüística en L2.
- Copiar letras,
palabras, frases, etc.
- Escribir
palabras y frases cortas al dictado.
- Completar frases en
las que se pone en práctica la ortografía del español: la correcta escritura de
las palabras, de los signos de puntuación, de la acentuación, del uso de las
mayúsculas, etc.
·
Actividades orientadas a trabajar los elementos de la comunicación que
intervienen en la elaboración y producción de un texto escrito:
- Identificar a quién
va referido un texto escrito (niño, adulto, ente colectivo, persona que no se
conoce, etc.).
- Ante un texto
dado, establecer quiénes son el emisor y el receptor; de qué habla el autor;
qué información comparten tanto el escritor como su destinatario; cuál es la
idea fundamental que quiere comunicar el autor; cuáles son las ideas
secundarias, etc.
- Establecer cuál es la intencionalidad del
escritor al escribir un texto: protestar, alabar, criticar, informar, avisar,
etc.
·
Actividades para el reconocimiento y uso de
las marcas de cohesión, es decir la red de referencias formales internas
de un texto: .
- Subrayar en un texto pronombres y sustitutos léxicos y
relacionarlos con sus referentes.
- Sustituir elementos repetidos por
pronombres.
- Elidir elementos repetidos en un texto.
- Elaborar campos léxicos y hacer
ejercicios de sinonimia, antonimia o hiperonimia para
trabajar la sustitución léxica.
- Actividades para el reconocimiento y uso
de los conectores: buscar y subrayar en diferentes tipos de textos los
conectores; sustituir los conectores señalados en un texto por otros que, en el
mismo contexto, cumplan la misma función; etc.
- Cambiar al pasado un texto teniendo en cuenta la relación de tiempos
verbales.
·
Actividades para trabajar la coherencia
textual, es decir, el conjunto de relaciones lógico-semánticas que dan
unidad a un texto escrito:
-Se cortan textos en fragmentos y se
desordenan para que se vuelvan a organizar. Las tareas de ordenamiento
consisten en delimitar qué párrafos corresponden o no corresponden con el tema
tratado, es decir, qué párrafos son de un mismo tema
-Seleccionar, entre varios, el primer
párrafo o el párrafo de conclusión de un texto.
-A partir de la lectura de un texto se
elige el tema central y se buscan la idea principal, las ideas secundarias y
las palabras clave.
-Señalar en un texto las palabras o expresiones que lo articulan y
resaltan las relaciones lógicas que hay entre sus distintas partes.
·
Actividades para trabajar las
características de las distintas formas de expresión escrita:
-Determinar los elementos que constituyen una narración que van a
escribir los alumnos de manera cooperativa. El grupo debería decidir algunos
aspectos del relato que va a escribir, como:
▪ elaboración de una situación de
partida.
▪ personajes principales: edad, sexo,
profesión, situación personal...
▪
lugar(es) de la acción.
▪
algunos detalles sobre el tipo de historia que querían
contar: delimitar si se trataría de
una historia de amor, de costumbres, de aventuras, de crítica social...
▪
longitud: en función del número de alumnos.
-Presentar varios textos
descriptivos para determinar qué tipo de descripción es: retrato, topografía,
etc.
-Presentar un retrato para
determinar los elementos que forman la
prosopografía y los que forman la etopeya.
·
Actividades orientadas a organizar y desarrollar el contenido de
un texto.
- Completar y
ordenar la descripción de una persona: físico, gustos, forma de pensar,
carácter, etc.
- Hacer un
esquema - resumen a partir de un texto oral.
- Completar un texto
argumentativo con un párrafo conclusivo.
- Escribir una
composición a partir de una selección de ideas y escribir para cada idea un
párrafo diferente.
- Hacer el
esquema de un discurso.
- Poner en orden
este texto desorganizado.
- Elaborar
distintos borradores para un texto determinado.
- Intercambiar
entre los alumnos unos textos y corregirlos. En cada revisión y corrección se
atenderán aspectos como: la claridad de ideas expresadas, la secuencia lógica y
la estructura del texto, y en un segundo momento la segmentación, la gramática,
la ortografía y la puntuación, etc.
Así, los
alumnos se implican totalmente en el trabajo, porque tienen alguna motivación (vacío
de información, interés por el tema, etcétera) participan libremente y con
creatividad (pueden elegir qué lenguaje utilizan, cómo se comunican, etc.),
intercambian entre ellos algún tipo de información. Sin embargo, al proponer
este tipo de actividades no se debe en ningún caso olvidar que el texto se
utiliza como vehículo de información, por lo que los ejercicios deben limitarse
a ser ejercicios de comprensión y análisis y no de producción. No se tarta de
hacer adquirir a los alumnos conocimientos formales, sino conocimientos que
sean operatorios en el acto de escribir. Se trata de potenciar a los alumnos
para que puedan utilizarlos como claves de lectura, para descubrir, explotar,
explicitar, conceptuar y luego reutilizar estos conceptos lingüísticos en sus
producciones escritas. Pero sea cual fuere la manera de acercarse a la
escritura, es importante practicar la escritura en su totalidad, es decir, la
escritura como manifestación cultural, lingüística, gráfica y coherente.
BASULTO, Hilda: Curso de redacción dinámica,
México, Trillas, 1977.
CAMPS, Ana;
RIBAS, Teresa (eds.): La evaluación de la
composición escrita en situación escolar, Madrid, Secretaría General de
Educación y Promoción Profesional, 2000
CASSANY, Daniel: Cómo
se aprende a escribir, Barcelona, 1999, 9a ed.
________________: Construir la escritura,
Barcelona Paidós, 1999.
GALÍ HERRERA, J.: Didáctica del lenguaje,
Barcelona, Teide, 1974.
GÓMEZ CASAÑ, P.; MARTÍN VIAÑO, Ma. del Mar: “La expresión escrita: De la frase al texto”,
en Didáctica de las segundas lenguas, Madrid, Santillana,
1990.
MAILLO, A.: “Enseñanza de la redacción”, Vida
escolar, núms. 139-140, Mayo-junio, Madrid, 1972.
RIBERA, Paulina: “Leer y escribir: un enfoque comunicativo
y constructivista”, Cuadernos de educación,
núm. 1
ROMERA CASTILLO, José: Didáctica de la lengua y la
literatura. Método y práctica, Madrid, Playor,
1992, 8a ed.
SOLÉ, Isabel: Estrategias de lectura, Barcelona,
Graó,., 1994, 4a ed.
[1] La bibliografía consultada ha permitido ver que no hay unanimidad en la utilización de este término, pues se utilizan varias denominaciones como composición, redacción, escritura, producción escrita, etc. Cada autor intenta justificar su uso particular. Así, por ejemplo, GALÍ HERRERA, J.: Didáctica del lenguaje, Barcelona, Teide, 1974, pág. 83, dice “Redacción y composición no es la misma cosa. Llamaremos redacción a la expresión escrita espontánea del niño y composición a la expresión escrita reflexiva y ordenada”. BASULTO, Hilda: Curso de redacción dinámica, México, Trillas, 1977, pág. 15, insiste en que “hay diferencia entre redactar y componer. En la composición los elementos se crean o se combinan a gusto, con entera libertad y con una dosis más o menos copiosa de la tan preciada originalidad [...] En la redacción, en cambio, el autor se limita a dar forma escrita a un tema dado”.MAILLO, A.: “Enseñanza de la redacción”, Vida escolar, núms. 139-140, Mayo-junio, Madrid, 1972, pág. 61, concluye que “en todo caso, la palabra redacción ha adquirido carta de naturaleza entre nosotros y su uso está mucho más generalizado que el de la palabra composición por lo que debemos preferirla”. ROMERA CASTILLO, José: Didáctica de la lengua y la literatura. Método y práctica, Madrid, Playor, 1992, 8a ed., pág. 99, distingue el término redacción del término composición diciendo: “en la redacción el alumno actúa sobre un tema dado cuyo argumento es concreto y conocido previamente y se ejercita en reproducir impresiones y fijar la atención, volviendo sobre el asunto, observando, reflexionando y sintetizando [...] La composición supone más, llegar a la verdadera creación. El tema es más abstracto. Interviene la imaginación y la fantasía. CASSANY, Daniel: Construir la escritura, Barcelona Paidós, 1999, págs. 20-21, prefiere “la denominación composición a otras corrientes (escritura, expresión escrita y redacción), porque la primera acepción de la misma es “acción y efecto de componer” (DRAE), por lo que incluye tanto el proceso como el producto del uso”. En este trabajo, a pesar de preferir el término expresión escrita, utilizaremos las demás denominaciones como sinónimas.
[2] CAMPS, Ana; RIBAS, Teresa (eds.): La
evaluación de la composición escrita en situación escolar, Madrid,
Secretaria General de Educación y Promoción Profesional, 2000, pág. 22. El
modelo más difundido y aplicado en la enseñanza de la expresión escrita es el
elaborado por Hayes y Floyer,
que divide los procesos de expresión escrita propiamente dichos en tres grandes
categorías: a) La planificación. Abarca la generación de ideas y la
organización de las mismas en una estructura significativa. b) La textualización o traducción consiste
esencialmente en el proceso de expresar las ideas en lenguaje visible. Requiere
que el escritor se haga cargo de verificar las relaciones de cohesión y de
coherencia del texto. la revisión depende de dos subprocesos: la
evaluación y la corrección. c) La revisión propiamente dicha puede ser un
proceso consciente en el que los escritores eligen leer el escritor con la
intención de evaluar o corregir el texto en forma sistemática, o puede ser un
acto no planificado. La revisión puede interrumpir cualquier otro proceso y
generar nuevos ciclos de planificación y traducción.
[3] CASSANY, Daniel: Cómo se
aprende a escribir, Barcelona, 1999, 9a ed.,
pág. 63.
[4] GÓMEZ CASAÑ, P.; MARTÍN VIAÑO, Ma. del Mar: “La expresión escrita: De la frase al texto”, en Didáctica de las segundas lenguas, Madrid, Santillana, 1990, pág. 52.
[5] Según
Stepehen Krashen (Second Language Adquisition and Second Language Learning, Pergamon, 1981),
toda la base de la adquisición de una lengua extranjera se puede resumir con el
término “input comprensible”. Mantiene que si
el profesor proporciona un input suficiente de
la lengua extranjera con un grado creciente de dificultad, no hay necesidad de
proporcionar ninguna instrucción gramatical formal.
[6] CAMPS, Anna ; RIBAS, Teresa (dirs.): op. cit., pág. 45.
[7] SOLÉ, Isabel: Estrategias de lectura, Barcelona, Graó,., 1994, 4a ed., pág. 21.
[8] RIBERA, Paulina: “Leer y escribir: un enfoque comunicativo y constructivista”, Cuadernos de educación, núm. 1, pág. 13.
[9] CASSANY, Daniel: op. cit., pág.
180.